Una mujer pasa un fin de semana en casa de unos amigos

Hace tan sólo un año que por motivos profesionales me introduje en el mundo de la informática. Desde entonces es una herramienta más en mí trabajo y ello me posibilitó entre otras cosas conocer también el fascinante universo que supone Internet.

He aprendido muy rápidamente, sobre todo a navegar en la red de redes. Una amiga y compañera me dio direcciones de páginas eróticas y pronto conocí las posibilidades que en ellas existían. Algo que siempre me ha atraído han sido los relatos eróticos, y no cabe duda que en estas páginas existe un sin fin de ellos. Su lectura me ha animado a lanzarme al maravilloso y difícil camino de relatar y contar mis propias experiencias.

En la actualidad tengo 37 años soy madre de dos hermosos hijos; Víctor y Paula, estoy felizmente casada y me desenvuelvo en una situación económica buena, pues tanto Luis, mí marido, como yo trabajamos.

En mayo del año pasado, recién cumplidos mis 37 años, ocurrió algo sorprendente. Luis tuvo que realizar un viaje de negocios por el extranjero, y a la semana de estar fuera, nos llamó un matrimonio amigo nuestro desplazado a la capital, para que pasáramos allí un fin de semana con ellos, ya que eran las fiestas. En un principio no mostré mucho interés. Pero cuando se lo comenté a mis hijos, Víctor saltó de alegría pues en esos días tenía previsto actuar un conjunto de música que eran sus favoritos, sin embargo Paula no quería venir ya que en esas fechas tenía unos exámenes muy importantes.

La cuestión es que al final Víctor y yo realizamos ese viaje. Llegamos un viernes al mediodía, y ese mismo viernes por la noche era la actuación del conjunto musical. El apartamento de nuestros amigos es más bien pequeño, ellos están allí desplazados temporalmente y no tienen hijos, por lo que debimos acomodarnos lo mejor que pudimos. Nuestros amigos nos cedieron su dormitorio para que los dos durmiéramos más anchos en su cama de matrimonio. Aunque la primera noche, la dormí casi toda sola, pues Víctor estuvo en el concierto hasta la siete de la madrugada.

El sábado fue un día bastante ajetreado, estuvimos comiendo fuera de casa y visitando la ciudad y sus fiestas. Al llegar la noche íbamos a salir todos a cenar, pero mi hijo decidió quedarse en casa, decía que estaba muy cansado de la noche anterior. Así pues a la cena fuimos Carlos y Ana – el matrimonio amigo nuestro- y otra pareja más que ellos conocían. Yo me arreglé todo lo que puede y al salir del dormitorio, tanto Víctor como Carlos empezaron a elogiar mi belleza, hasta tal punto que casi llegué a sonrojarme. Es cierto que mantengo una figura bien cuidada a pesar de haber tenido dos hijos y que mi metro setenta de estatura, cuando me arreglo, suele ser llamativo a la vista de los hombres.

Fue una cena pantagruélica, en uno de los mejores restaurantes. Y tanto en la cena como después, mientras tomábamos unas copas, estuvimos manteniendo conversaciones bastante atrevidas en relación con el sexo, sobre todo, porque yo acababa de conocer a la otra pareja. Ya que por Carlos y Ana no tengo ningún problema, pues entre nosotros siempre hemos hablado de sexo con mucha naturalidad.

Lo cierto es que entre la comida, las copas, las conversaciones y también porque ya llevaba más de una semana sin tener relaciones sexuales, la libido se me subió. Carlos era un autentico artífice a la hora de hablar de sexo, casi siempre lograba que me excitará, menos mal que en el lugar donde estabamos tomando las copas, estaba algo oscuro, pues de lo contrario seguro que se me hubiese notado la erección de mis pezones.

Cuando llegamos a casa, Víctor ya estaba durmiendo, entré en el baño que tiene el dormitorio y me aseé un poco, mientras lo hacía puede observar que mi excitación no había bajado de intensidad y mientras me lavaba en el bidé comencé a masturbarme, el chorro de agua caliente y mi masaje cumplieron su objetivo y tuve un estupendo orgasmo. Pero seguía electrizada, no había conseguido relajarme, por el contrario aquel orgasmo había aumentado mi voluptuosidad. Terminé de asearme y me coloqué un corto y finisimo camisón de dormir, pensando que al acostarme me tranquilizaría.

Víctor suele tener un sueño bastante profundo, me acuerdo que en la ciudad donde vivimos hubo una noche un pequeño seismo, que aunque no fue nada importante, echó a media ciudad a fuera de sus casas y mi hijo ni se enteró, tuvimos que despertarlo para que saliera a la calle con los demás.

Una vez en la cama, mis pensamientos seguían estando llenos de lujuria, no conseguía conciliar el sueño, y mis manos nuevamente comenzaron a acariciar mi cuerpo ardiente y excitado, mis dedos rozaban con suavidad mis pechos, sus aureolas y sus erizados pezones, mientras que la otra mano se deslizaba sigilosamente por mis nalgas hasta detenerse en el filo de mis pequeñas braguitas para desplazarlas a un lado y poder tocar las comisuras de mis labios vaginales en busca de ese pequeño pero grandioso botoncito que abre las puertas del placer femenino. En eso estaba cuando mi hijo se dio la vuelta y quedó boca arriba, en un principio me contraje un poco, pero observé que seguía durmiendo y además pude notar a través de la sabana por la tenue luz que entraba en la habitación, que tenía una tremenda erección.

Y he ahí mi sorpresa, lejos de que aquel movimiento y sobre todo de aquella sensación de pudor que pudiera haber despertado en mí ver la erección de mi hijo, retrajera mi excitación, un sofoco recorrió todo mi cuerpo de pies a cabeza. No podía creerlo, pero mi libido había aumentado. Retiré un poco la sabana que nos cubría y vi el enorme bulto en la entrepierna de Víctor. No sé cómo ocurrió, pero me acerqué más a él y me atreví a liberar de su slip su tensa verga.

A sus 17 años puede observar que había dejado de ser ese travieso niño que todo lo preguntaba y se había convertido en un autentico hombre, hasta entonces no me había dado cuenta de ello y en que momento tan especial hice ese descubrimiento. Casi instintivamente pasé mis dedos por su morado glande, aquello produjo en mí una inenarrable impresión. No salía de mi asombro, pero allí estaba yo excitadisima como una perra en celo acariciando el pene de mi hijo.

Mis caricias surtieron efecto, pues rápidamente empezaron a brotar las primeras gotas seminales, aquello elevó mi ardor y mientras masajeaba su miembro, empezaba a introducirme un dedo en mi ya dilatada y lubrificada vagina, qué sensación tan placentera, mi columna vertebral era recorrida por un cosquilleo que electrificaba todo mi cuerpo. De lado y mirando hacia él me acercaba cada vez más, buscando su contacto corporal, mis dedos no paraban de hurgar en mi vulva, acariciaba mi clítoris, cada vez con más frenesí, pronto alcanzaría el clímax y este vino casi sin avisar compulsivamente, arqueé más mi cuerpo y noté las contracciones vaginales sobre mis dedos, fue un orgasmo profundo y dilatado, hacía tiempo que no tenía uno así.

No cambié de postura, seguí acariciándome y sin pensarlo elevé mi cara y comencé a chupar con suavidad el tenso y duro pene de mi hijo, lo recorría con mi lengua desde la base hasta la punta, ahí me detenía y haciendo todo el hueco que me era posible intentaba engullir el máximo que podía de aquel mágico falo, lo tragaba casi entero y mis labios se recreaban en su recorrido, rozando y aprisionando aquella aterciopelada piel. Él continuaba dormido, pero su verga empezaba a producir pequeñas contracciones que mi boca captaba perfectamente, eran el preludio de su explosión seminal, no me retiré y mi boca y mi garganta recibieron unos potentes chorros de esperma, que golpearon mi lengua, mi paladar, su calor y untuosidad aceleraron mi éxtasis y mientras tragaba aquel maravilloso liquido, estallé en un intenso orgasmo.

No dejé escapar ni una sola gota, me pareció sentir que la habitación se movía y que yo flotaba en ella, era increíble pero cierto, mi hijo y yo habíamos tenido juntos un orgasmo, uno de los mejores placeres que nos depara esta vida.

Algo más relajada, pero aún excitada, apoyé suavemente mi cara sobre su vientre, escuchaba su corazón palpitar, como lo había hecho hace unos instantes su adorable pene, estaba sorprendida pero no arrepentida de haber disfrutado de aquel maravilloso momento y además tenía la sensación y el deseo de que nunca acabara, por eso mi mente se había relajado pero mi tensión sexual continuaba. Me incorporé un poco y me desprendí del camisón para estar más cómoda, cuando volví la vista hacia Víctor pude observar que su méntula aún continuaba erguida, dura, sonreí y la volví a acariciar. Pero esto formará parte de otra historia.

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